Amanecer sobre las nubes

Viaje a la Arquitectura

Cuatro insaciables cosas tiene el mundo:
La boca del chacal es lo primero;
el buche del milano, lo segundo;
las manos de los monos, lo tercero;
y, como nunca logra verse harto,
el ojo humano siempre fue lo cuarto”.

Estos versos, obra de Rudyard Kipling y sacados de “El libro de la selva” pusieron fin a un viaje que me llevó durante seis meses a recorrer Sudamérica. Duró el viaje lo que permitieron el tiempo y el dinero.
Desde entonces, con mi familia y amigos, para referirme a aquellos meses siempre me ha bastado hablar de “El viaje”. Todos sabían de qué estaba hablando, no era necesario especificar un dónde, un cuándo o un cómo.
Simplemente aquel fue EL VIAJE.

 

Viajes

Viajamos por múltiples razones. Cada uno de nosotros sabrá encontrar unos motivos por los que un buen día prepara el equipaje y se dirige a un sitio diferente donde el paisaje no es igual al de nuestro lugar de origen (o quizá si), donde la gente habla otro idioma (o quizá no) o donde la comida tiene distintos sabores u olores. Pero si hiciéramos una lista de estos motivos (tranquilos, las listas no son lo mío) uno de los primeros sería, sin ninguna duda la curiosidad.

Nos lo decía Kipling: el ojo humano es insaciable. Nos acercamos a otros lugares, otras culturas, a otras personas y eso, sin duda, nos enriquece. Pero lejos de satisfacer nuestro deseo de aprender no hace más que incrementar nuestro necesidad de profundizar en realidades que no son la nuestra.

Arquitectura típica vivienda zona rural Esmeraldas

En el encuentro con lo lejano y lo ajeno, somos capaces de comprender mejor y valorar lo propio y lo cercano. El contraste nos permite comparar y relativizar y, de alguna manera, vernos mejor. Algo así como cuando acercamos un pantalón a un fondo blanco para distinguir mejor si es negro o azul marino.

En cuanto a motivos, hay ciertas profesiones que lo tienen muy sencillo. Si eres Periodista, o Fotógrafo, curiosear en otras culturas puede ser incluso parte de tu profesión. Si eres Arquitecto (como es el caso), tampoco deberás recurrir a ninguna excusa, porque los viajes, históricamente, se consideran parte de nuestra formación.

 

Arquiviajeros

La carrera de Arquitectura, por lo menos en mi época, eran una mezcla mas o menos inconexa de materias técnicas y humanísticas que intentábamos integrar con mayor o menor éxito en las asignaturas de proyectos. Si algo aprendimos fue a ver los edificios (y la realidad) desde múltiples puntos de vista, no parándonos solo sus elementos visibles o materiales sino también en elementos mas intangibles o subjetivos: qué pretenden transmitir, cómo se usan, cómo se integran en su entorno, cómo son las relaciones que generan a su alrededor, cuáles son los valores (económicos, culturales, etc) por los que fueron creados.

011
La relación de viajes y arquitectura viene de largo: Los primeros “arquiviajeros” peregrinaban a Grecia e Italia a “beber de las fuentes de la antigüedad”, más tarde el viaje fue una especie de rito iniciático para los recién titulados o una herramienta de intercambio que permitía conocer lo que se estaba haciendo en otros países y de paso mostrar y promocionar el trabajo propio. De manera más reciente hemos creado modernos santuarios en torno a las obras de los maestros del Siglo XX, como (citando sólo a los archiconocidos ) Le Corbusier , F. LL. Wright o A. Aalto.

Hoy en día, los medios técnicos ponen a nuestro alcance mucha más información de la que podemos procesar. Conocemos casi al minuto cualquier experiencia arquitectónica que se realice. Y no importa dónde.
Somos testigos de nuevas técnicas constructivas, de la incorporación de nuevas tecnologías al mundo de la construcción, podemos conocer el urbanismo que busca responder a realidades socio económicas cambiantes, las nuevas concepciones del espacio y de su uso que se concretan en nuevos tipos de edificios. Todo esto en cualquier parte del mundo y casi a tiempo real.

Sin embargo, no se ha perdido el valor del viaje como elemento de formación.
Un gran profesor en la escuela nos explicaba que nunca hablaba en clase sobre un edificio que no hubiese visitado. Y es que por muchos planos que consultemos, muchas fotografías, incluso vídeos a los que tengamos acceso, nada es comparable a cruzar la calle para llegar a su entrada, tocar un tirador, subir por una escalera, descubrir una doble altura, escuchar, oler, sentir como la vida se apodera de los espacios más allá de proyectos y distribuciones programadas, como la luz expande o comprime los espacios, como el uso diario ha ido dejando su impronta mejorando, en muchos casos, el original.

Salinas de Maras. Valle Sagrado
En el Valle Sagrado encontramos las Salinas de Maras

Cada viaje transforma al viajero que va acumulando muescas, eligiendo (muchas veces de manera inconsciente) que elementos del viaje se llevará de vuelta. Son imágenes, reflexiones, sensaciones, encuentros o conversaciones que se quedarán, a lo mejor, para siempre en su interior. Y llegado el momento de enfrentarse al papel,(o al ordenador) y haya que dar respuestas a problemas y necesidades reales, todas esas vivencias jugarán a su favor.

Aquel viaje maravilloso de que hablaba al principio, se construyó desde dentro. Las pocas ideas o rutas preconcebidas saltaron por los aires en las primeras 48 horas y nunca llegamos a pisar la mayoría de los lugares que llevaban meses marcados con chinchetas de colores en un mapa.
El viaje impuso sus reglas, y no había mas salida que dejarse guiar, escuchar cada sugerencia, cada circunstancia, cada proposición. No luchar contra lo inevitable, pero no dar nada por imposible, no golpearse contra puertas cerradas sino aprovechar aquellas que estuvieran abiertas. Y a partir de ahí, cada mañana reelaborar la ruta.

2 frases se consolidaron dentro del ideario que compartía con Sergio, mi compañero-hermano de viaje:

“Lo que no se ve por lo que se ve”

“Hay que estar preparado para todo. Incluso para lo mejor”

 

Papel en blanco

Hoy cuando estoy frente al papel en blanco revivo aquel viaje que me invita a encarar cada proyecto con pocas ideas preconcebidas; sabiendo que en el camino no me van a faltar sugerencias que valorar, ni imposiciones que tendré que aceptar intentando sacárles el máximo provecho posible.
Así de complejo y así de sencillo es el proyecto de arquitectura. Ganas mucho si sabes escuchar: Escuchar qué es lo que quiere o necesita el cliente, conocer que condiciones nos vienen impuestas por cuestiones técnicas o normativas, sopesar las circunstanciaras económicas, sociales, estéticas, etc.
Consiste también en renunciar a muchas de nuestras ideas previas para explotar al máximo las sugerencias que nos van llegando, ajustar nuestra forma de trabajo al proyecto. Nunca al revés.
Por eso nunca olvido aquellas 2 frases surgidas a golpe de complicidad y horas de conversación.

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Edificios llenos de vida